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  LOS SIGNOS  
 
 
       
 

Entre las pasiones confesables que adolezco se encuentra el amor a los libros, casi diría que de cualquier clase, tanto los estimables por su contenido cuanto los que añaden, además, su impresión cuidada, la calidad del papel y de la encuadernación, etc. y el gozo es difícilmente superable cuando encuentro la excelencia del contenido en la exquisitez del continente.

Recientemente han llegado a mis manos dos bellos libros íntimamente relacionados. Los dos llegan a mi biblioteca como obsequios generosos de buenos amigos que saben de mi gusto por ellos y ambos coinciden en el tema: los signos, de la incisión el uno, de la fotografía el otro, en la belleza de su edición y en la calidad de los contenidos.

El que me llegó primero, obsequio del grabador italiano Sandro Pazzi: "Il Segno Nel Tempo", "Xilografía y Calcografía en la región de Las Marcas, del siglo XV al s. XX", editado por la asociación de grabadores italianos la Luna con la colaboración, entre otras, del gobierno de Aragón, con motivo de la exposición que en 2002 se realizó en el museo provincial de Zaragoza y luego en Ascoli Piceno y de las que fue comisario Sandro Pazzi, además de aportar su propia colección y obra.

Se trata de una edición bilingüe italiano-español, aunque encuadernado en rústica, bellamente impresa y presentada en dos tomos, el uno con las reproducciones de las obras y el otro con las notas técnicas, ambos dentro de una guarda o estuche que representa un antiguo taller de imprenta y estampación.

Haré una breve cita de esta obra: ..." la dilatación temporal (refiriéndose a que hay un tiempo entre la gestación de la ideas, la preparación de las planchas y su reproducción) hace del grabado un arte tan creativo como proyectual. En efecto, la distancia que separa más que en otras obras, la idea de su conclusión fue la protagonista no solo de un fértil campo de expresividad artística, sino de una cultura visual que variadamente ha expresado todo el desarrollo de nuestra historia. La gráfica editorial es, desde el s. XV en adelante, el ejemplo más significativo: la ilustración que ha acompañado desde entonces, como contrapunto visual, la investigación literaria, filosófica y científica, haciendo del libro no solo el campo de una nutrida cantidad de comunicaciones verbales, sino también de una no menos coherente comunicación visual. Esta ha sido el fruto de un arte de grabado que ha iluminado los conceptos más arduos con una luz a veces mucho más clarificadora que la palabra " (Mauricio Vita).

El otro libro a que me refiero, es aún de mayor riqueza, con tapa dura y elegante guarda: "Signos de la imagen", obsequio del Q.·. H.·. Ángel F.·. , que es miembro del comité asesor de la publicación y de las exposiciones recogidas y autor de alguno de los textos.

Leo en el prólogo: ". ..Signos, indicios, señas de identidad, señales históricas, hitos del pasado que existen cuando se interpretan..." y en su última página, a modo de epílogo: " Toda imagen cuenta una historia ".

Con vuestra venia, la siguiente cita del texto de Ángel F.·. "El 12 de septiembre de 1940 se descubrió, por azar, la gruta de Lascaux ... 17.000 años atrás algunos de los hombres que habitaban la oscuridad del Paleolítico dejaron en las paredes de la caverna la memoria pigmentada de sus ritos, que ocupan a los antropólogos, y de una de las joyas más profundas del arte rupestre. ... George Bataille en "Las lágrimas de Eros", reflexiona sobre una de las pinturas más enigmáticas de la cueva de Lascaux, situada en la soledad del Pozo, galería colateral del conjunto, en cuya pared alguien pintó a un cazador muerto a los pies del ungulado que le había costado la vida, en la sencillez de las líneas que recogen el cuerpo destacan las que dibujan su sexo, erecto en el momento final de todos sus días. Postula Bataille que la escena es descifrable en la evidencia de que el hombre es el único animal que conoce la muerte; que la conciencia de que hemos de morir gobierna nuestras vidas y que, en la vida que conoce la muerte, surge y prospera el erotismo; a muchos su propuesta nos parece incontestable.

Saber que hemos de morir y, así y todo, arriesgar la propia vida en la argamasa de la épica y el puntero que señala la gloria de los héroes y el trágico final de millones de nombres que a nadie dicen nada. La guerra, las guerras, todas las guerras encierran la discutible épica del sacrificio y la memoria del cazador a los pies del bisonte. Muchas fueron transmitidas frente al fuego en la memoria oral; otras escritas en todas las lenguas que nos han sido dadas; algunas definidas en pinturas y bajorrelieves y, unas pocas, igualmente brutales, llevadas a los encuadres de las fotografías, del cine o los vídeos.

"Solo los muertos conocen el final de la guerra". La sentencia de Platón sostiene una de las columnas en que se apoyan quienes defienden que todas las contiendas son iguales y que tan solo cambian los armamentos y, a veces, los nombres de los muertos; la guerra es una tautología, anterior al lenguaje y a los signos y, con razonable certeza, presumible epílogo de nuestra especie ".

Hasta aquí esta interesante y estimable cita de nuestro Q.·.H.·.. Ahora, para concluir, una reflexión. Nosotros, los masones, que utilizamos el simbólico lenguaje de los viejos constructores, que pretendemos dejar nuestra marca de canteros espirituales en cuanto hacemos, apreciamos, con mayor razón, la importancia de los signos.

Pero que el lenguaje simbólico no oculte la esencia del significado. No se trata solo de dejar una huella reconocible, sino de que esa huella sea admirable, se reconozca o no. Que nuestra auténtica marca no es, no sea, una pose estética por hermosa que pueda ser o parecer; nuestra huella, la marca masónica por excelencia, es un ejemplo de vida, una obra vital en la que se conozca y reconozca la bonhomía, la nobleza de sentimientos, de aspiraciones, de anhelos.

Importa la memoria, la buena memoria, la fama, no la notoriedad; importa la obra bien hecha, bien trazada, bien medida, ajustada al plano del Gran Arquitecto y contenida entre la escuadra y el compás, donde no cabe doblez.

Y la tarea de la Orden no es otra que la de extender la fraternidad entre los hombres de manera que no se cumpla esa predicción a que alude nuestro H.·. Ángel; que seamos capaces de alejar el fantasma de la guerra que acabe con la humanidad. La tarea es ambiciosa y necesaria, tan necesaria como siempre e incluso más que nunca porque las modernas espadas son cada vez más mortíferas, cada vez más despiadadas, más lejanas y poderosas.

Así lo he pensado y he querido compartirlo con vosotros. He dicho.

B. M. M .·. M .·.

   
 
 
©2008 Santiago Ramón y Cajal nº35