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por Eliz Sellenger
A.·.L.·.G.·.D.·.G.·.A.·.D.·.U.·.
R.·.L.·.“Santiago Ramón y
Cajal” Nº 35
Or.·. de Zaragoza (Reino de España)
Lord Doneraile (Arthur St.Leger, Lord Vizconde Donaraile y Barón
de Kilmeaden, Irlanda), padre de Elisabeth Aldworth, quien era
un hombre muy entusiasta, disponía de una autorización
masónica personal que le permitía abrir ocasionalmente
Logia en la casa Doneraile, asistiendo sus hijos y algunos amigos
íntimos de la vecindad. Se decía que los trabajos
masónicos nunca se desarrollaban con mayor rigidez que
los realizados por los Hermanos de la logia Nº 150, el número
de la autorización.
Ocurre que previamente a la iniciación de un caballero
en los primeros pasos de la masonería, la Sra.Aldworth,
entonces una chica joven, se encontraba en una habitación
contigua a la usada habitualmente como Templo, en la cual se estaban
realizando obras en aquel momento. Entre otras cosas, la pared
estaba considerablemente reducida en un lado con el fin de hacer
una barra. La joven que había oído varias voces
e incitada por la curiosidad natural a todo, por ver algo de aquellos
misterios, desde su inicio cerrados a la vista pública,
tuvo el coraje de quitar un ladrillo de la pared con unas tijeras
para ser testigo de la horrible y misteriosa ceremonia en sus
primeros dos pasos.
Con la curiosidad satisfecha, el miedo se apoderó de su
mente y aquellos que entienden este pasaje, saben muy bien los
sentimientos de cualquier persona que tuviera la misma oportunidad
para la contemplación ilegal de aquella ceremonia –
juzguen cuales serían los sentimientos de una chica joven
– ella no veía ningún modo de escapar, más
que por la misma habitación donde se estaba terminando
la segunda parte, con aquel ser en el otro extremo y la habitación
tan larga, recuperó otra vez la resolución suficiente
para intentar su fuga por allí y con pasos ligeros pero
temblorosos, aguantando casi la respiración, ella pasó
inadvertida por la Logia, puso su mano en la manilla y abrió
la puerta suavemente encontrándose frente a un severo y
hosco Guardatemplo exterior con su larga y oxidada espada en alza.
El chillido alarmó a la Logia, todas las miradas se dirigieron
hacia la puerta y el Guardatemplo informó que ella había
estado en esa habitación durante toda la ceremonia; en
el primer paroxismo de rabia y alarma 'Elizabeth pensó
que el juicio de su muerte estaba resuelto pero gracias a la conmovedora
y profunda súplica de su hermano menor su vida sería
salvada, con la condición de que tendría que pasar
por los mismos dos pasos que ya había visto. Ella estuvo
de acuerdo y condujeron a la hermosa y aterrorizada joven criatura
por esos juicios que con la resolución masculina a veces
son más que suficientes para decidir en muy poco tiempo
el iniciar en la masonería a un miembro que después
reflejaría una impronta sobre sus anales.
Aunque la memoria de la belleza de la Sra.Aldworth puede haber
muerto, que en una vida larga de ochenta años no es ninguna
conjetura improbable y aunque la flor y los encantos de la joven
San Leger puedan ser buscados en vano en el semblante de nuestra
hermana benévola, el carácter fino que complació
el Cielo para sellar sobre su mente nada común, ha dejado
tantos recuerdos atrás que sin duda esta parte de su historia
de verdad debe ser la incredulidad ciega.
La verdad es que, su mano y su corazón alguna vez se abren
a los sufrimientos y a las reclamaciones de dolor y angustia,
súplica casi prevenida por su prontitud para relevar, tampoco
se puede suponer que este espíritu de caridad restringió
un círculo alrededor de su acción, o limitó
su influencia. No – aunque sus hermanos en la angustia tenían
las primeras reclamaciones sobre su liberalidad, no era ni lo
más mínimo abierta o generosa al ignorante.
La mejor de las mujeres, madre para el huérfano de madre,
amiga para el que no las tuviera, benigna y generosa, quién
desde el interior de la afluencia hacía oír el grito
de los desgraciados, compartir la mesa de lujo y confort con la
casucha del pobre y quitar la lágrima discreta del ojo
de la miseria escondida.
En la satisfacción activa de su corazón hospitalario
y benévolo, ella, sin embargo, no descuidaba ninguno de
los demás deberes de la masonería; ella era, (hasta
donde llegaba) la Francmasona más ejemplar, y presidió
como Venerable de su Logia, la cual encabezaba con frecuencia
en las procesiones de la Orden Masónica y esta era su costumbre
en aquellas ocasiones para preceder a la Logia en un carruaje.
Es innecesario hablar extensamente sobre su fidelidad hacia la
Masonería, ya que la angustia nunca giró su espalda
sobre su magnífica y hospitalaria obra no revelada.
Una mención antes de que concluyamos con los agradecimientos,
como esta es una hermosa lección de aquellos que alardean
de la superioridad de discreción y sabiduría masculina,
observen ahora este detalle: La Sra. Aldworth tenía tal
veneración hacia la masonería, que ella jamás
toleraba que nadie hablara ligeramente sobre el tema delante de
nadie, ni la mencionara más que con la máxima precaución,
ni siquiera en compañía con sus más íntimos
amigos, si no sabía si eran masones, y cuando lo hacía
era con evidente vergüenza y con una aprensión tembladora
para no cometer en un momento de descuido una violación
de los deberes masónicos.
Así vivido este modelo de excelencia femenina, casi se
puede decir, de perfección humana, dispersión, como
un principio de lo bueno, la comodidad y la felicidad a todo que
la rodea, antes de que Él pensase que era apropiado retirarla
para participar en las alegrías de Su Reino Eterno.
Se dice que su muerte fue ocasionada por la administración
impropia de laudanum tras una indisposición leve.
No podemos concluir este relato mejor que mediante un párrafo
que apareció en documento de entonces, con ocasión
de su muerte: “El pasado lunes, murió en Newmarket,
en esta Compañía, la Hon.Sra. Aldworth, esposa de
Richard Aldworth, Señor Don, M. P. Ella cumplió
la edad de ochenta años, y tal eran los efectos de su temprana
educación, recibida de Lord Doneraile, su padre, y su propia
feliz disposición, que desde su infancia seguramente no
ha pasado ningún día que no ha sido distinguido
por algún acto de su benevolencia o caridad. Ella vivió
la mayor parte de su vida en el campo, entre sus criadas, a quienes
su casa proporcionó la más alegre hospitalidad;
la más tacaña de ellas, cuando se lo requería,
tenía acceso a ella, y cuando el indigente o enfermo la
visitaba, nunca falló en dispersar sus favores con aquella
generosidad y humanidad que su gran fortuna le permitió,
con su alma todavía más grande que la indujo a conceder;
de verdad, parecía que el Cielo la había designado
como Guarda del Pobre del cual se ocupó sin ninguna ostentación.
Ella poseía fuertes sentimientos religiosos y como si
la forma de su muerte significase un anticipo a la felicidad que
la esperaba, ella pasó sus últimas horas, esas horas
tan terribles, en un sueño, sin el menor dolor u oposición,
con su mente separada de un mundo en el cual ella hizo su propio
deber, mientras las lágrimas y las lamentaciones de miles
de personas expresaban sus sentimientos como amable Benefactora.
La Hon.Sra. Aldworth nació en 1695 y murió en 1775.
Lo susodicho son las Memorias de la vida de la Hon.Sra. Aldworth,
la única mujer que obtuvo el honor de iniciación
en los sublimes misterios de la Francmasonería regular.
(Extracto de los Anales de Caulfield de la catedral de St. Finn
Barre’s en Cork).
La señora Aldworth fue enterrada bajo la bóveda
de Davies, debajo de la antigua Catedral y la escritora tuvo la
oportunidad de ver sus restos unos años antes de que la
Catedral fuera destruida. Ella estaba entonces dentro de un ataúd
de plomo y en muy buen estado de conservación. Estaba vestida
con un vestido oscuro de seda, zapatos blancos de satén
con calcetines de seda del mismo color. Su apariencia era atractiva;
su cara tenía un color ceniza oscuro; sus rasgos bastante
perfectos y tranquilos. Llevaba guantes largos de seda, que se
extendieron encima de los puños de cordón bordados;
sus senos eran grandes y llenos para su edad; llevaba un sombrero
blanco y un pañuelo alrededor de su cuello, del cual las
trenzas ni siquiera estaban desgastadas. Así apareció
debajo la bóveda de Davies.
ELIZA SELLENGER, hija del primer Lord Doneraile, estaba casada
con D.Richard Aldworth, de Newmarket, en el Condado de Cork, de
una familia Antigua y muy respetada.
¡Salud, Fuerza y Unión!
He dicho V.·.M.·.
Trazado en los VV.·. de Zaragoza, Tebet de 6008
v.l.
A. M. M.·.M.·.
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